La locura es hija del poder


Javier Loaiza, Junio 2010.

La locura hasta final del siglo XIX se consideró un comportamiento que rechazaba las normas sociales establecidas. Lo que se interpretó por convenciones sociales como locura la desviación de la norma (del latín vulgar delirare, de lira e  ire, que significaba originalmente en la agricultura “desviado del surco recto”), por culpa de un desequilibrio mental, por el cual un hombre o una mujer padecía de delirios enfermizos, impropios del funcionamiento normal de la razón, pérdida de contacto con la realidad y que se identificaban por la realización de actos extraños y destructivos o en ocasiones exóticos.

Ha habido reconocidos gobernantes afectados por variadas psicopatologías, los llamados reyes locos: desquiciadas vidas públicas y privadas de reyes y gobernantes, con una atractiva galería de excentricidades y escándalos, a menudo teñidos de la más terrible crueldad.

Entre ellos, los más célebres locos de entre los emperadores romanos (Calígula, Tiberio, Nerón); en la Edad Media inglesa Juan Sin Tierra -sádico e inestable-, el desdichado Eduardo II, Ricardo II y el rey santo Enrique VI. Una imperdible serie de tontos y trastornados entre los monarcas españoles; los osos rusos Iván el Terrible y Pedro el Grande; el decadente Juan Gastón, último de los Medici; Enrique VIII y el chiflado Jorge IV de Inglaterra; Cristián VII de Dinamarca, excéntrico y violento, y el gran Luis II de Baviera. Patéticos, locos, neuróticos dirigentes políticos del siglo XX, algunos escogidos por voto popular: Stalin, Wilson, Churchill, Hitler, Mussolini, Mackenzie King, en Canadá.

Algunos eran raros por ser cultos, homosexuales o bisexuales; otros, verdaderos débiles mentales, fueron el producto de una prolongada práctica endogámica; y otros, inestables psíquicamente, tomaron el poder como medio de satisfacer sus frustraciones.

Locura, razón de Estado, excentricidad multiplicada por la impunidad y la corrupción. Individuos malos, perversos, licenciosos, enfermos hereditarios.

Y nos deja el interrogante acerca de cuánto afectaron los trastornos personales su desempeño político. Más aún, cuánto afectan su desempeño la pérdida de contacto con la realidad y el creerse los salvadores de los pueblos.

Es una pregunta que se pueden plantear hoy a muchos gobernantes de nuestra región y del mundo entero.

Se trata muchas veces de una pérdida de contacto con la realidad provocada por el aislamiento a que se someten por parte de sus asesores, que les alejan de las verdades y las percepciones de la gente, que les filtran la información y la interpretación de los hechos y que, encima, les adulan de manera permanente hasta envilecerlos. Napoléon afirmaba que quien es capaz de adular, es capaz de traicionar.

La historiadora Barbara Tuchman en su obra La marcha de la locura, sostiene que la locura es una enfermedad social, una enfermedad mental contagiosa que sufren los dirigentes de una sociedad, que significa la adopción de políticas contrarias al interés de los electores o de  los Estados involucrados.

El poder es la clave para entender su carácter: La locura es hija del poder. El poder no solo corrompe, también produce “deficiencias mentales”.

Una vez que un grupo dirigente, un gobernante y su equipo de gobierno han elegido un curso de acción particular, y como se dice coloquialmente “se casa” con una política pública determinada, la locura actúa persistentemente para mantener ese curso a pesar que algunos dirigentes, analistas y evidencias, muestren que ese curso de acción es contraproducente y que existen alternativas.

Luego, la locura empieza a transformarse en principios rígidos e intolerancia con los disidentes o sencillamente con quienes no están de acuerdo. Empiezan a desconfiar de todo aquel que no se manifieste fiel seguidor de su empeño.

Después vienen los autoengaños y el ensimismamiento, y se elimina todo residuo de racionalidad que pudo haber en el grupo dirigente, en el momento de la toma de la decisión.

Este equipo se convence a sí mismo, en contra de los hechos, de que no existen alternativas en el camino que eligió. Empiezan las adulaciones al jefe y a considerarlo como una especie de líder infalible,  irremplazable y casi intocable.

Acaban convenciéndose de su propia propaganda y terminan atrapados en sus mentiras.

El expresidente norteamericano Lindon Johnson, afirmó que: “nada como la presidencia hace que un hombre se enfrente directamente a su conciencia. Sentarse en ese sillón supone tomar decisiones que ponen a prueba los compromisos fundamentales de un hombre. La carga de la responsabilidad adquirida le abre literalmente el alma. Ya no puede aceptar las cuestiones como dadas: ya no puede dar por imposibles de satisfacer las esperanzas y Las necesidades de la gente.

“En esa casa de decisión, la Casa Blanca, un hombre se convierte en sus compromisos. Comprende quién es realmente. Aprende quién quiere ser auténticamente”. O, definitivamente, se desquicia.

Platón propuso la Academia, como centro para formar gobernantes, pues aspiraban al gobierno de los sabios. De hecho, en lo que podría ser el acto fundacional de la política, Platón, se pregunta quien debería gobernarnos, es decir, la voluntad de quién debería ser la voluntad suprema y responde con su aspiración del gobierno de los sabios, ante la evidencia de malos gobernantes. Como se decía en el siglo XVI, “Tú no sabes, hijo mío, con qué poca discreción y conocimiento se está gobernando el mundo”.

El poeta Pablo Neruda decía que “Hay un cierto placer en la locura, que solo el loco conoce”. Parece que muchos de nuestros gobernantes sólo disfrutan el placer de oírse ellos mismos y contemplarse en acciones heroicas y audaces.

Revisa qué tanto ha perdido contacto con la realidad tu gobernante, qué tan absurdas y audaces se han vuelto sus acciones y, luego, define cómo y por qué estás con él o contra él. Mira si estas igual o peor de loco que él, igual o peor de perdido, divagando por  la nubes.

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