¿Para qué sirven las elecciones?*

Las elecciones son factor esencial de la democracia, pues reportan legitimidad de origen al gobernante o representante.

El clásico autor francés Maurice Duverger no duda en afirmar que la influencia de los sistemas electorales en la vida política es evidente, pues sólo basta con comprobar cómo trastornaron la estructura de los Estados la adopción del sufragio electoral y los mecanismos de elección directa (M. y. Duverger).

Lo que es definitivamente cierto es que si se trata de hacer elecciones como parte de la democracia, estas no bastan. No se es democrático por ganar elecciones, pues está demostrado que hay muchas maneras non sanctas de ganar, como lo veremos más adelante. Se es democrático, sí y solamente sí, si se respetan los valores, principios y libertades que la democracia garantiza, además del origen electoral en integridad.

La democracia debe ser como una especie de tierra abonada en la que las individualidades pueden desarrollarse en libertad, de acuerdo con sus intereses, expectativas, competencias, posibilidades y esfuerzos. No puede ser un mecanismo para que autócratas de diverso cuño pretendan determinar a su antojo la vida, bienes y esperanzas colectiva e individual de las personas.

No hay democracia sin elecciones, pero las elecciones no agotan la democracia. Hacerse elegir por voto y comportarse entonces de manera despótica y autocrática no le hace a nadie un demócrata sino un déspota. Un déspota es aquel que teniendo legitimidad de origen gobierna de manera autocrática, es aquel que trata a los ciudadanos no como tales sino como súbditos.

Hernando de Soto, el prestigioso economista peruano, sostiene que la democracia representativa se volvió un modo por el cual los ciudadanos escogen cada cuatro años a su dictador. En pleno siglo 21, en la era del conocimiento, en un mundo urbano, informado, interconectado, con los elevados niveles de desarrollo científico-tecnológico y con, al menos, una tercera de la sociedad convertida en clase media, es un completo abuso, cuando no una estupidez que alguien por más ilustrado, informado e incluso sabio que fuera, pretenda conocer y definir todos los aspectos de la problemática de una comunidad y convertir sus sueños en una tortura para el resto, así le hubieran elegido mayoritariamente.

Y, por supuesto, es una completa idiotez que los ciudadanos, unos por desentendidos, otros por intereses personales voten por los autócratas de siempre. Seguirá siendo muy difícil construir sociedades democráticas integradas y gobernadas por autócratas, pues en nuestra vida familiar y personal nos “educan” como tales. No nos enseñan a trabajar en equipo, a construir colectivamente, a respetar las opiniones ajenas, en fin.

Parisi y Pasquino (M. y. Caciagli) señalaron desde 1977 para Italia tres tipos de electores: el voto de pertenencia, el voto de intercambio y el voto de opinión.

  • El voto de pertenencia a una clase, territorio o ideología, es fiel y se puede mantener incluso con el correr del tiempo.

  • El voto de intercambio o clientelar se apoya en la obtención de favores o promesas de favores por parte del candidato.

  • El voto de opinión, hace referencia al elector informado que toma su decisión y la cambia incluso, de una manera relativamente “racional”.

Mario Caciagli (Caciagli 2006:11), describe tres aspectos clave de las elecciones:

Las elecciones son parte necesaria de la democracia, aunque no suficiente. (…)

En primer lugar, las elecciones en las democracias del mundo contemporáneo deben cumplir algunos requisitos necesarios: ser libres y competitivas, tener lugar en fechas preestablecidas, es decir con convocatoria regular y periódica, ser significantes y existiendo limitación temporal para el poder que confieren. Preestablecidas tienen que ser también las reglas para adjudicar los escaños de candidatos y listas. El voto tiene que ser libre, igual, universal, directo, secreto y significativo (significativo en el sentido que produzca consecuencias).

En segundo lugar, todos los elementos que garantizan los derechos de los ciudadanos afectan estos requisitos: libertad de expresión, de manifestación, de reunión y de organización, de representación. Y, por supuesto, la libertad de presentar candidaturas y después, finalmente, de libre acceso al poder. Esto quiere decir libre competencia y libre desarrollo de la campaña electoral.

En tercer lugar (lo que tal vez se olvida), no necesita solamente la garantía de elecciones libres, sino también de resultados fiables, con recuento público de los votos emitidos.”

Hay una coincidencia fundamental entre los estudiosos sobre las que se consideran tres funciones básicas que cumplen las elecciones:

  1. Producir representación. Se eligen representantes al legislativo, mediante la escogencia de entre candidatos las distintas opciones existentes. Para ello, los partidos siguen haciendo mediación, basados en dos monopolios que cada vez más se les van restringiendo en diversas partes del mundo: a) la presentación e inscripción de candidatos de entre los cuales los ciudadanos deben escoger por quien votar y a quien elegir; y b) la formulación de políticas públicas a través de sus representantes elegidos para los órganos legislativos y para el ejecutivo.

  2. Producir gobierno. El voto de los electores establece y cambia gobiernos, mediante preferencias mayoritarias, ya sea en modelos presidenciales en los que el votante elige directamente al presidente para períodos fijos y predeterminados y en regímenes parlamentarios en los que las mayorías elegidas o que se constituyan por vía de alianzas, escogen el gobierno para el período determinado. Se exceptúan los casos en los que el gobierno pierde el apoyo mayoritario y debe convocar a nuevas elecciones para definir las nuevas mayorías que constituyan el gobierno.

  3. Producir legitimidad al gobierno o legislativo constituido. Como ya se mencionó, no solo es válido, por supuesto en regímenes democráticos, sino que además y sobre todo, se ha convertido en una herramienta usada por los autócratas electorales para legitimar su presencia y abuso del poder con el pretexto de su origen electoral, que no democrático.

En el caso de la representación, Duverger deja claro el tema, lo que precisamente deja abierta la opción a los representantes de burlar el interés de los representados:

el elegido es el representante del elector, en el sentido jurídico del término; la elección es un mandato dado por el primero al segundo para hablar y actuar en su nombre en la dirección de los asuntos públicos. La palabra «representación» no está tomada aquí en su sentido tradicional: no se aplica a una situación de derecho, sino a un estado de hecho. Para nosotros, el elegido representa al elector, no como un mandatario representa a su mandante, sino como un cuadro representa un paisaje; la representación no es otra cosa que la semejanza entre las opiniones políticas de la nación y la de los diputados que ella ha elegido.

En el tema de la representación, el sistema electoral cumple un papel importante, aunque mal definido. Los hombres políticos lo saben desde hace mucho tiempo y, generalmente, consideran el sistema electoral menos en sus posibles consecuencias sobre el número y la estructura de los partidos políticos que en sus efectos sobre el reparto de los escaños disponibles. Cada mayoría gubernamental intenta siempre adoptar la combinación más conveniente para continuar en el poder. Lo que los norteamericanos llaman gerry-mandering (modificaciones en el establecimiento de las circunscripciones) es la forma más primitiva de esta tendencia, a la que la actual variedad de sistemas electorales ofrece una gama de procedimientos muy numerosa y flexible” (M. y. Duverger).

De todas maneras en el arquetipo de democracia representativa, las elecciones aparecen diseñadas como la herramienta que debe contribuir de manera fundamental a la construcción de gobernabilidad democrática.

Las elecciones deberían permitir a los votantes elegir a sus líderes y exigirles responsabilidad por su desempeño en el cargo. La obligación de rendir cuentas generalmente no funciona cuando son reelegidos o cuando el partido o coalición a la que pertenecen tiene un dominio determinante del espacio, distrito o circunscripción electoral.

La existencia de elecciones regulares y periódicas da una opción relativamente cierta a la posibilidad de la alternancia en el poder, a la determinación de la sucesión en el liderazgo y ayuda a la continuidad democrática.

Desde que se garantice de manera real un proceso electoral competitivo, se obliga a los candidatos y partidos a presentar a los ciudadanos sus intenciones futuras, así las encubran y manipulen, lo que de todas maneras permite que la etapa de campaña funcione como un foro de discusión de los asuntos públicos. No sucede cuando las intenciones y tendencias se polarizan, por lo que los procesos terminan siendo más emocionales que racionales.

La votación permite a los electores expresar su opinión o canalizar sus intereses y conseguir algún sentido de pertenencia. Sobre todo porque tienen una carga ritual, precedidas de eventos, parafernalia, llamados al patriotismo, al nacionalismo, al cambio o incluso a la evolución, con lo que de alguna manera rompen la monotonía de la vida cotidiana y se centran la atención en el destino común (Enciclopedia Británica).

El sistema de partidos es parte fundamental del proceso y se puede considerar como una extensión del proceso electoral. Los partidos surgen para organizar candidaturas, representar sectores y presentar a los ciudadanos propuestas, visiones e ideologías. Sin embargo, en los últimos años debido al impacto de la televisión, se dio un proceso de personalización de la política y fortalecimiento de las figuras de los candidatos por encima de las propuestas, de los partidos y de sus posturas programáticas o ideológicas.

La mayoría de las elecciones al final lo que hacen es entregar a un pequeño grupo de funcionarios la autoridad de hacer política, de tomar las decisiones públicas en nombre del electorado. Salvo en los casos de referendos y consultas populares, en los cuales no se vota por candidatos sino sobre temas particulares, a la manera de democracia directa que devuelve el poder de decisión directamente a los ciudadanos y se lo retira a los representantes electos, legisladores o constituyentes delegados.

A pesar de las funciones mencionadas, las elecciones no garantizan en nada, absolutamente en nada la calidad política y democrática del gobierno. Por ello hay que decir con Caciagli que la finalidad fundamental de un sistema electoral proporcional es la de garantizar la representación. Pero existen sistemas electorales que pueden además, propiciar a los electores la posibilidad de contribuir a la formación de gobiernos.

El hecho de elegir un presidente o producir una mayoría para que construya gobierno, no garantiza ni siquiera el equipo del que se va a rodear el presidente o el primer ministro. Casi siempre escoge a su antojo entre aquellos que son leales a sus propósitos particulares y les reparte ministerios y altos cargos de la misma forma como los reyes lo hacían en épocas del absolutismo monárquico, a modo de concesiones de títulos nobiliarios a cambio de respaldo y lealtad. No precisamente a cambio de servicios a la sociedad.

De hecho, en mi experiencia hace ya muchos años llegué a una conclusión que me reforzó el espíritu iconoclasta y es el convencimiento que para ocupar un cargo en sector público, lo único que hace falta es que le nombren. Generalmente, calidades, capacidades, competencias, transparencia, espíritu democrático, casi nunca son las variables determinantes. Si no me cree, simplemente mire a su alrededor.

*Capítulo 4 del libro LA FARSA ELECTORAL, de Javier Loaiza

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