¿Para qué sirve un presidente?

Por Javier Loaiza*

Esto no tiene vuelta atrás, así los populistas nacionalistas quieran venderle a la gente que es posible regresar a las viejas épocas en que encerrados en unas fronteras, la mayoría de las veces ficticias, podían controlar todo y a todos.

Los gobiernos nacionales son cada vez más incompetentes para resolver los problemas globales y las demandas locales de los ciudadanos. La mayoría de los temas de la agenda mundial son de carácter global o local. A nivel global, el cambio climático, la desigualdad, las migraciones, el terrorismo, los capitales golondrina, el ciber-crimen, de un lado y, del otro, los problemas de movilidad, seguridad, servicios públicos y calidad de vida que afectan a más de la mitad de la población del mundo son locales que les toca atender a los alcaldes.

En América Latina, en 63 ciudades de superiores al millón de habitantes vive más del 40% de la población. En esas ciudades, los alcaldes viven sometidos al poder central, a los caprichos y chantajes de los gobiernos nacionales.

Los gobiernos nacionales son altamente costosos e inútiles, cobran excesivos impuestos que despilfarran en obras inútiles, en clientelismo y populismo, y se roban con corrupción galopante. Gastan enormes sumas de dinero en armas. Las armas además de servir para matar, sirven para robar, por las enormes partidas secretas que se manejan.

Parafraseando a Benjamin Frankiln,, no es posible que se siga manteniendo un sistema en el que el 51% que vota o elige, puede esclavizar al 49%, a través de un individuo que se cree dotado de toda suerte de poderes especiales.

Los presidentes a la cabeza de gobiernos nacionales, especialmente en los regímenes presidencialistas, en especial en América Latina, concentran las funciones de jefe de Estado, jefe de gobierno, comandante de las fuerzas armadas, director de la economía, jefe de la burocracia y de la inversión pública, determinador del presupuesto; de él dependen los organismos de control y agencias de seguridad del Estado. Además, por el exceso poderes, se convierten, en la práctica, en jefes de los partidos o coaliciones de gobierno, manejan los legislativos, cooptan la justicia y someten al sector empresarial y los medios de comunicación. Es decir, funcionan como auténticos emperadores y a medida que pasan los días se von convirtiendo en autócratas intocables.

Con todo ese poder, los gobiernos protegen a los gigantes emporios internacionales y las oligarquías nacionales, con el supuesto de la inversión y el empleo. Olvidan que el gran empleo no lo generan las grandes corporaciones sino las pequeñas, medianas y micro-empresas. Protegen, además, la gran corrupción y el sistema financiero nacional e internacional en manos de agiotistas que crearon la nueva forma de esclavitud, cuando no es que se alían con bandas de narcotraficantes y contrabandistas.

Una vez que se gastan, dilapidan y reparten entre los suyos los fondos de eventuales bonanzas de recursos naturales –commodities-, como quienes reparten un botín de guerra, terminan creando nuevos impuestos en vez de adelgazar la burocracia, controlar la corrupción y eliminar el despilfarro.

La justicia no opera en la mayoría de países latinoamericanos sino para someter a los adversarios, los órganos judiciales funcionan como un aparato de ablandamiento y sometimiento de los opositores. Era directo Perón al decir “para mis amigos todo, para mis enemigos ni justicia”. Parece ser el mantra de los nuevos déspotas electorales en la región.

Los presidentes se reúnen en costosas y pomposas cumbres que no terminan en nada, no resuelven nada, solo generan gasto desproporcionado con ingentes grupos de áulicos y aduladores, apoyados por la gran prensa que se beneficia de la pauta estatal.

Los gobiernos a su mando, violan los Derechos Humanos o protegen a los violadores, dañan el medio ambiente o protegen a las empresas que atentan contra el ecosistema y los recursos naturales a base de megaproyectos faraónicos que muchas veces no se terminan o que, al estar listos, no cumplen las funciones que se esperaban.

Ya ni siquiera las ideologías en que se amparaban funcionan, aunque en alguna época sirvieron para separar de manera simplista a unos y a otros. Se era de izquierda o de derecha. El sociólogo alemán Ulrich Beck demuestra lo que llama la pluralización de izquierda y derecha, encontrando tres o cuatro categorías y combinaciones entre ellas. Por ejemplo, habla de izquierda neoliberal (Beck 2004, 354), que pareciera una contradicción en sí misma, por ejemplo los veinte años de gobierno de la “Concertación” de la izquierda chilena después de Pinochet, que abrió el país a tratados de libre comercio como quizá ningún otro país del mundo. Además, las ideologías, más que como arquetipos racionales, se soportan en fuertes justificaciones emocionales, la derecha radical se basa en el miedo, mientras que la izquierda realiza su acción apoyada por el odio y la ira.

Un estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo, OCDE, sobre la influencia del sistema ideológico o económico elegido en los resultados sociales muestra que “Modelos tan distintos como el de los países nórdicos europeos y el norteamericano arrojaban índices de productividad y bienestar parecidos.” (Punzet 2013, 210). De hecho, ya las izquierdas y derechas son corruptas, ineptas, incompetentes y, recientemente populistas. Ya la diferenciación no se debe hacer entre esas polaridades cada vez más falsas, sino entre demócratas y autócratas.

Ahora bien, el Estado-nación que sirve de estructura para todo el aparato político personalista, no es capaz de resolver los problemas globales ni los locales. La educación, la sanidad, la cultura, el deporte, la infraestructura social, el transporte urbano, la ecología local, la seguridad ciudadana y el entretenimiento son parte de la vida urbana, competencia directa de los alcaldes y gobiernos regionales, como afirma Manuel Castells.

Es hora de cambiar el sentido de la relación. No más de arriba-abajo, se debe entrar decididamente en un aplanamiento de lo público. La sociedad es cada vez más plana en sus relaciones en todas las áreas y, la política que desde Clistenes, Pericles, Demóstenes y los creadores de la democracia en Grecia supuestamente se debía haber nivelaado, sigue siendo jerárquica, vertical y en muchos casos, dinástica. Sigue siendo una tarea pendiente de más de 27 siglos.

Por ello, cuando se pregunta para qué sirve un presidente, implica cuestionarse si: ¿sin ese presidente u otro, realmente hubiera cambiado la condición del país para mejor?; o si ¿el país no hubiera podido sobrevivir sin la presencia de ese personaje al frente del gobierno? O siquiera exigir que se cumpla el reclamo de Fernando Savater cuando afirma que un gobernante debería, al menos, devolvernos el país como lo encontró y no peor.

En Suiza, por ejemplo, desde 1848 no hay presidente lleno de poderes como nos tienen acostumbrados en los regímenes presidencialistas. El ejecutivo suizo está compuesto por siete miembros, a los que se denomina consejeros federales. Con base en un principio de rotación, cada año uno de ellos asume la presidencia del país, quien no tiene ninguna preeminencia frente a los otros seis y prácticamente no tiene más función sobresaliente que representar el país a nivel internacional. Además, cuentan los suizos con un sistema de democracia directa que ha convertido a ese país  en la vigésima economía del mundo,  durante más de siglo y medio de funcionamiento, con un territorio 45 veces menor que el de Colombia y una población inferior a la de Bogotá.

No conviene pues mantener la vieja fórmula de los presidentes que, con la que como describe Hernando De Soto, se escoge por voto cada tantos años a nuestro dictador, pues una vez electos se convierten en auténticos autócratas.

¿No es posible pensar que en este nuevo siglo se definan y planteen nuevas formas de gobierno que manden a los presidentes a los libros de historia? Para ello, habría que abrir las mentes, permitirse la posibilidad de vislumbrar nuevos amaneceres, maneras diferentes de gestionar lo público, opciones de construir una nueva sociedad en el siglo veintiuno urbano, global, intercomunicado.

Pero claro, como como dice un viejo proverbio árabe: “Resulta muy difícil despertar al que se hace el dormido”.

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