Dinosaurios en el poder

“Los reyes muertos de la antigüedad siguen gobernando nuestros espíritus desde sus urnas funerarias”. Lord Acton 
“El siglo veintiuno no va a tener ningún sentido si lo miramos con ojos del diecinueve”
 John Higgs
 
Pierre Calame afirma “Tal como lo demuestra el ejemplo del Estado y del derecho internacional, seguimos pensando el mundo del mañana con las ideas del ayer y pretendemos administrarlo con las instituciones de anteayer”. Se mantiene una suerte de fetichismo institucional de idealismo formalista, como le llama Jorge Lanzaro  que le atribuye a las intuiciones, según se le mire, un carácter de estrictamente virtuoso o intrínsecamente perverso. Seguimos cargando con viejas instituciones que ya no funcionan en la sociedad actual.

Afirma Fukuyama que “Las instituciones son creadas para cubrir determinadas necesidades de las sociedades, tales como hacer la guerra, hacer frente a conflictos económicos y regular la conducta social. Sin embargo como pautas de conducta recurrentes, también pueden volverse rígidas y no adaptarse cuando cambian las circunstancias que las provocaron en un primer momento. Hay un conservadurismo inherente en el comportamiento humano que tiende a investir las instituciones de significado emocional una vez establecidas”.

Thomas Jefferson declaró: “Algunos individuos contemplan las constituciones con reverente veneración y las consideran como el Arca de la Alianza, demasiado sagradas para que nadie las toque. Atribuyen a los hombres del tiempo precedente una sabiduría sobrehumana, y suponen que lo que hicieron está por encima de toda rectificación…ciertamente, no postulamos cambios frecuentes e improvisados en leyes y constituciones… Pero sabemos que las leyes e instituciones deben ir emparejadas con el progreso de la mente humana… A medida que se realizan nuevos descubrimientos, se revelan nuevas verdades y cambian costumbres y opiniones con la mudanza de las circunstancias, las instituciones han de progresar también y mantenerse al ritmo de los tiempos”.

Aquellos que piensan y actúan sobre lo público con base en instituciones, modelos, herramientas y paradigmas que creen inamovibles en pleno siglo 21, se darán de bruces. Y lo que es peor, harán tanta resistencia que incluso provocarán enormes costos para el cambio en nombre de viejas ideologías y pensamientos caducos.

Para Lord Acton, “La historia de las instituciones es a menudo la historia de decepciones e ilusiones; porque su virtud depende de las ideas que las produjeron y del espíritu que las resguarda; y la forma puede permanecer inalterada cuando la sustancia ya ha muerto”.

Es claro que el mundo cambió. La sociedad actual parece gobernada por dinosaurios políticos que rechazan abrirse a las nuevas realidades y no aceptan siquiera la premisa del Eclesiastés “siempre hay una temporada para la sazón de cada cosa”.

Los cambios en la sociedad actual son tan dramáticos que prácticamente nada en el mundo de hoy se parece prácticamente en nada a lo que era hace apenas dos decenios. Un mundo urbano, con más del 50% de la población concentrada  en grandes ciudades; un mundo interconectado con base en las nuevas tecnologías; un mundo global donde cualquier cosa en cualquier parte del mundo puede afectar al resto; un mundo en el que por primera vez un tercio de la población mundial es clase media; un mundo en el que por primera vez en la historia de la humanidad la mujer emerge y hace presencia en todos los ámbitos de la vida; y un mundo en que la mayoría de países realizan elecciones y usan reglas democráticas para escoger y cambiar los gobernantes, son seis aspectos que hacen de esta sociedad realmente nueva y que las viejas reglas, paradigmas, modelos y herramientas fracasen y exigen ocuparse de la gran necesidad del mundo de hoy, la convivencia entre los seres humanos.

Según Alvin Toffler, “Políticos, comentaristas y estudiosos parecen confusos acerca de la magnitud del cambio. Llaman inevitablemente la atención el dolor de los que predominaron y la desorientación de los que fueron poderosos. La angustia del pasado se impone a la promesa del futuro”.

Estamos como cuando Ptolomeo abrió el camino a la revolución copernicana. Los instrumentos ópticos permitieron incorporar nuevas observaciones que “no se ajustaban” al modelo de rotación del sol y de los astros alrededor de la tierra. “De Ahí la necesidad de una revolución copernicana, es decir de un cambio de mirada hacia una perspectiva que permita el reordenamiento del sistema en su conjunto”.

Mientras tanto, el Estado-nación hace agua; la democracia representativa ni parece ser democracia, ni mucho menos representativa; las elecciones en el mundo carecen de integridad electoral; los partidos traicionaron esa democracia representativa y se volvieron empresas electorales organizadas para saquear el erario público; el centralismo niega la premisa del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo que postulara Lincoln en su célebre discurso de Gettysburg; y el presidencialismo niega la alternancia y concentra poderes en América, África y otras partes del mundo convertido en una máscara del viejo absolutismo monárquico que creíamos había sido borrado por los revolucionarios de La Bastilla.

Cuatro viejas instituciones que operan en el Estado-nación inspirado en la Paz de Westfalia en 1648, deberían ser los criterios para, al menos, identificar un índice de democracia representativa que de todas maneras cojea en esta la centuria del conocimiento.  Esas cuatro instituciones funcionan como un mecano, como un sistema lego, que cuando una pieza no funciona, no encaja  adecuadamente, el resto tampoco lo hacen. Es como un algoritmo[1] que determina que las demás piezas funcionen o no para un resultado, para mayor o menor democracia.

El sistema electoral es tramposo, corrupto, no representativo, sin integridad,  porque los partidos no funcionan o porque el sistema de partidos está diseñado para que no exista una opción multipartidaria y democrática. En un régimen presidencialista y centralista, todos los cambios que se introduzcan en los sistemas de partidos y al régimen electoral estarán enfocados a privilegiar o mantener la concentración del poder presidencial en detrimento de los espacios de representación y alternancia democrática.

La política y el poder estuvieron basados a través de la historia en la fuerza y el dinero y estamos a las puertas de construir una nueva política basada en el conocimiento, que los vejestorios de la política se niegan a adoptar. Siguen haciendo muy bien todo aquello que no se debería hacer, como sentenciara Yehezkel Dror, o apenas haciendo «más de lo mismo pero un poco mejor».

Las elecciones libres, abiertas, transparentes y competitivas, y los partidos con democracia interna, son las instituciones que permiten la escogencia de nuevos gobernantes y que supondrían la vigencia del paradigma de los ciudadanos con derecho a elegir y ser elegidos. En la práctica sólo unos ciudadanos votan, apenas unos pueden votar cuando las elecciones no son amañadas y trampeadas y, sólo pueden votar, por lo regular, por aquellos que los partidos les presentan como candidatos, los cuales son escogidos por la ley de hierro de la oligarquías partidarias que señalara Michels, o por la manipulación mediática del dinero y las encuestas en campañas electorales.

La sola elección no garantiza la democracia. Se requiere además un ejercicio cotidiano del poder en forma democrática. El centralismo y el presidencialismo niegan los espacios a los ciudadanos. Los presidentes, los telepresidentes, cada vez más se embriagan de poder y se creen como el Rey Sol, Luis XIV cuando afirmaba “yo soy la ley, yo soy el Estado”. De hecho en América Latina en los últimos años se dio una fiebre de reformas constitucionales que apuntaban a concentrar más poder en torno de los presidentes y a permitir la reelección, incluso de carácter indefinido, como en Venezuela.

El Estado que se supone debe estar al servicio de los ciudadanos es autocrático porque su régimen político está sustentado en la idea y la práctica de poner todo el peso de las decisiones políticas o buena parte de ellas en una sola persona u órgano constituido para tal efecto. Bien sea que se trate de una realidad prevista en las normas o que, a pesar de existir limitaciones constitucionales y legales, el ejecutivo concentre en la práctica y someta a su capricho los demás poderes, los cuales actúan como apéndices de este sin ninguna independencia ni autonomía.

En América Latina se dio un debate sobre el presidencialismo en los años sesenta, que se polarizó a partir de un planteamiento crítico que hiciera Juan J. Linz sobre los peligros presidencialismo, sugiriendo la necesidad de explorar el parlamentarismo en la región, pues “una comparación cuidadosa entre parlamentarismo y presidencialismo en cuanto tales lleva a la conclusión que, en un balance, el primero es más conducente hacia democracias estables que el último”. El debate no concluyó en nada concreto. Una que otra reforma que, más que hacer cambios, permitió reforzar el viejo modelo presidencialista autocrático latinoamericano.

Al entrar el siglo xxi, con el fracaso de la Tercera Ola Democrática que describiera Huntington, se abrió campo en Latinoamérica un populismo en nombre del pueblo y de los pobres, que ya no se alimentaba del viejo comunismo muerto en 1989, pero que muy hábilmente y apoyado en los petrodólares, el presidente venezolano Hugo Chávez denominó Socialismo del Siglo Veintiuno, que generó un proceso de concentración de poder en torno suyo hasta su muerte, modelo que siguieron Ortega en Nicaragua, Correa en Ecuador, Morales en Bolivia, y Néstor y Cristina Kirchner en Argentina.

Los cambios constitucionales y algunos por vía de referéndums, mantuvieron el presidencialismo y el centralismo sin equilibrio real de poderes, sin garantía de alternancia de poder, sin respeto por los Derechos Humanos.

Como ya se dijo, el presidencialismo es una de las cuatro instituciones sobre las que se asienta y se sostienen los sistemas políticos en Latinoamérica, que permiten conservar el dominio de las élites y los poderosos sobre el resto de la sociedad, pero que también han permitido que nuevos allegados al poder mantengan las mismas prácticas, aunque con discursos diferentes y las usen para tratar de eternizarse en el poder.

El presidencialismo junto con, el centralismo – excepción hecha de Argentina, Brasil, México y Venezuela que en teoría son federales-, más los sistemas electorales y los sistemas de partidos cierran el círculo. Los dos primeros permiten mantener un régimen de sometimiento con prácticas cerradas y gobiernos al servicio de sus mismos círculos de aprovechadores; los dos últimos permiten dar la apariencia de participación de los ciudadanos en la escogencia de los gobernantes mediante el voto, con una pretendida legitimidad. Como dijera en Colombia Jorge Eliecer Gaitán, a mitad del siglo 20, son los mismos con las mismas, y parafraseando a Einstein, se puede agregar que se siguen haciendo las mismas cosas de la misma manera, símbolo de locura.

Nos han contado el cuento de que los países tienen los gobiernos que se merecen. Nada más falso, por la vía de la ignorancia y la pobreza se han mantenido en el poder unos incompetentes al servicio de los poderes seculares. Más bien podría decirse que cada país tiene el gobierno que es capaz de soportar.

El reconocido economista peruano Hernando De Soto afirma “En mi país elegimos a un dictador cada cinco años que, literalmente, puede promulgar 150.000 normas durante ese periodo, eso es 30.000 Decretos Ejecutivos por año”.

El populismo que hizo carrera en los primeros años de este siglo parece estar en retroceso ante el fracaso de sus políticas sociales y económicas, la concentración de poder y la restricción de las libertades. Se abre espacio para la reflexión sobre un nuevo tipo de instituciones, cambios o reformas que permitan avanzar en la democracia en los países latinoamericanos, que se abran espacios de participación e intervención de los ciudadanos y de esa clase media urbana creciente que, a veces, ya no traga entero. Ante los fracasos de los dinosaurios se llamen de izquierdas o derechas –otro vejestorio que ya no representa nada, como son las ideologías-, es necesario abrir la mente y permitirse pensar y deliberar sobre nuevas opciones en el manejo de lo público.

Lo público es clave, pues representa como la tierra abonada en que los ciudadanos pueden desarrollar sus individualidades e intereses particulares en condiciones de seguridad y respeto. Es necesario y urgente buscar nuevas opciones.

Uno de los factores críticos que determinan los cambios actuales en la sociedad radica en el avance de la ciencia. Históricamente los seres humanos estuvieron limitados por la falta de herramientas. Una vez se inventaban determinadas herramientas, se apalancaban cambios y transformaciones. Hoy gracias a la computación, la cibernética, la robótica, los sistemas complejos y auto-organizados, una de vez que se determina un problema, es posible diseñar herramientas de simulación y modelación que permitan en forma virtual observar y acelerar procesos, identificando patrones de comportamiento y variaciones en el desarrollo. Infortunadamente nada de eso o muy poco parece haberse introducido en las llamadas ciencias sociales, las que podríamos decir que están “en pañales”, en la prehistoria. La política para el siglo veintiuno debe basarse en el conocimiento, no en viejos paradigmas.

Fernando Vallespín describe en forma dramática la situación. “El inmenso desarrollo de la ciencia y la tecnología contrasta cada vez más con los mínimos avances perceptibles en las ciencias sociales, y en particular en la «ciencia» de la política. Ejemplos no faltan. Basta con volver la vista a la última guerra de Kosovo, por poner un caso reciente. Sin entrar en su justificación última, «resolvimos» el conflicto valiéndonos de la violencia, no de la negociación o de medios «políticos». Y una vez finalizados los combates, se observó una inquietante diferencia entre las respectivas aportaciones de los diferentes gremios y saberes: nuestros ingenieros sabían perfectamente cómo rehacer los puentes dañados de esa región, los arquitectos cómo reconstruir las viviendas, los médicos cómo sanar a los heridos o cortar las epidemias, incluso nuestros economistas eran capaces de revitalizar el tan dañado tejido productivo, pero los políticos –y sus politólogos en la sombra- seguimos ignorando cómo evitar que los contendientes locales se sigan matando en el futuro”.

Los dinosaurios de la política pretenden seguir manejando la sociedad nueva ajustándola a sus caprichos e intereses, parafraseando a Savater, individuos que convierten sus sueños en auténticas pesadillas para la sociedad.

Ya Tucídides hace casi treinta siglos –siglo V a.C.-, en su Historia de la Guerra del Peloponeso relata que “Sucedieron muchas y muy nefandas cosas (…) que (…) antes han sido y siempre serán mientras[2] la naturaleza humana sea la misma”. Y las condiciones de la naturaleza humana, por cuenta de los cambios del entorno y la sociedad, van cambiando decididamente; luego, es posible pensar que en esta nueva sociedad no deberían suceder las mismas nefandas cosas que han sido y, ni mucho menos, que siempre serán.

Platón quien inventó una serie de ideas radicalmente nuevas para su época, hace veinticinco siglos, expresaba su desaliento que pareciera retratar la vida actual: “Todos los Estados existentes están mal gobernados y las condiciones de las leyes son prácticamente incurables en ausencia de algún remedio milagroso o mediante la ayuda de la fortuna”.

Alexis de Tocqueville en 1840 en relación con el surgimiento de los Estados Unidos afirmaba “El mundo que nace está todavía lastrado por los restos de un mundo que se descompone en la decadencia; y, en medio de la vasta perplejidad de los asuntos humanos, nadie puede decir cuántas de las antiguas instituciones y viejas maneras van a perdurar y cuáles desaparecerán por completo”.

Podríamos responder a Tocqueville que a pesar de los tremendos cambios ocurridos en la sociedad en la última media centuria, la gran mayoría de viejas instituciones siguen latentes, más bien estorbando las posibilidades de construcción de libertad y convivencia y manteniendo a manera de viejos brujos un sistema de cosas caduco y anquilosado de manejar lo de todos, la cosa pública, el bien común; que en vez de construir espacios de convivencia se usan para mantener llenas las bolsas de los enterradores de la vieja política.

Desde el 387 a. C., “Platón promovió una seria y duradera confusión en la filosofía política al expresar el problema de la política bajo la forma: «¿Quién debe gobernar, o ¿la voluntad de quién ha de ser suprema?»”. Karl Popper planteó en 1939 la necesidad de «reemplazar la pregunta ¿Quién debe gobernar? Por la nueva pregunta: ¿De qué forma podemos organizar las instituciones políticas a fin de que los gobernantes malos e incapaces no puedan ocasionar tanto daño?», lo que se traduciría en un cambio de paradigma de estar centrado en el individuo, a uno basado en el proceso, en ¿cómo nos deben gobernar?

Sin embargo, ya entrado el siglo xxi, en este mundo urbano, interconectado, global, de grandes clases medias, con enorme participación de la mujer y un aprendizaje aunque lento del paradigma democrático, el problema es más bien ¿cómo nos gobernamos? e, incluso, ni siquiera en relación con gobernantes-gobernados, sino de ciudadanos activos, la pregunta sería ¿cómo convivimos?

Desde hace alrededor de 2.580 años Solón, en Atenas, frente a la idea de que la concentración de poderes era el único recurso conocido hasta entonces contra los desórdenes políticos,  consiguió el mismo efecto con la distribución de poderes, que en esencia es el origen de la democracia. Le dio a la gente común tanta influencia como creyó que podían emplear. Así, el Estado estaría exento de un gobierno arbitrario. Dijo que la esencia de la Democracia es no obedecer a nadie más que a la ley. Solón reconoció el principio según el cual las formas políticas no son definitivas o invariables, y se deben adaptar a los hechos.

Una idea fundamental de Solón era que el poder político debería ser proporcional al servicio público que se prestaba no al tamaño de las ambiciones y deseos del gobernante que, en la mayoría de los casos, como describiera Fernando Savater, convierten sus sueños en una pesadilla para la población.

Hoy se sigue pensando de la misma manera y, los presidentes con un modelo de pensamiento autocrático siguen concentrando el poder y le temen a su distribución, rehuyen la descentralización y en últimas odian la democracia. Usan la política como una herramienta para apoderarse del Estado, que visualizan como un botín de guerra, que describiera en mi libro La Farsa Electoral.. Es una distorsión parecida a la creencia que tienen cuando no pueden manejar las situaciones, afirman que se trata de sociedades ingobernables, cuando la realidad es que los gobernantes son incompetentes para resolver y dirigir los problemas, “se suele hablar equivocadamente de «ingobernabilidad» cuando lo que habría que hacer es afrontar el problema real: la incapacidad de gobernar”.

Por su parte, Pericles gobernó con la idea de que la finalidad del gobierno era evitar -no asegurar- el privilegio de cualquier interés, preservar equitativamente la independencia del trabajo y la seguridad de la propiedad, cuidar al rico contra la envidia, y al pobre contra la opresión.

Desde hace 20 años Alvin Toffler aseguraba “Una nueva civilización está emergiendo en nuestras vidas, pero hombres ciegos tratan por doquier de sofocarla. Esta nueva civilización trae consigo nuevos tipos de familia; formas distintas de trabajar, amar y vivir; una nueva economía; nuevos conflictos políticos, y, más allá de todo esto, una conciencia asimismo diferente. (…) La humanidad se enfrenta con un gran salto hacia adelante. Tiene ante sí la conmoción social y la reestructuración creativa más hondas de todos los tiempos. (…) La mayoría de las personas dan por supuesto que el mundo que conocen durará para siempre. (…) por supuesto, advierten que las cosas están cambiando, pero dan por sentado que los cambios actuales no les afectarán y que nada hará vacilar el familiar entramado económico ni la estructura política que conocen. Esperan confiados, que el futuro sea una continuación del presente”.

Ya avanzados más de dos decenios de cambios dramáticos en todo nuestro entorno, si no nos percatarnos que estamos obligados a rediseñar las instituciones, entre ellas la de superar esos viejos presidencialismos autoritarios y monárquicos, cuando no despóticos, si no es un acto de miopía o estupidez sí puede ser, al menos, una demostración de cinismo.
NOTAS

[1] Entendido el algoritmo como un conjunto ordenado de operaciones sistemáticas que permite hacer un cálculo y hallar la solución de un tipo de problema.

[2] La bastardilla es nuestra

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