Ensayo: Los Cuellos de botella que nos asfixian

Por Javier Loaiza*

Cuenta una vieja leyenda Sufí que había un hombre buscando algo en el suelo. — ¿Qué buscas? Le preguntó un amigo. —Mi llave —dijo el hombre. Ambos se arrodillaron para buscarla. Después de un rato, el amigo preguntó: — ¿Dónde se te perdió, exactamente? —En mi casa. Y, —Entonces, ¿por qué buscas aquí? –Sencillo. Aquí más luz que dentro de mi casa.

Colombia parece estancada y sin visos de solución, como buscando las llaves en un lugar distinto a donde las perdió. Desde épocas del Estatuto de Seguridad en el gobierno de Turbay Ayala se oye decir que el país está en una crisis tremenda y que es el momento es decisivo para salir del atolladero o caer a un abismo.

En los años setentas y ochentas, el país cayó en el precipicio del terrorismo ejecutado por las mafias del narcotráfico, las autodefensas o paramilitares, los guerrilleros y la violencia generalizada.

Después del terrorismo, todo se centró en paz y seguridad, que desde hace veinte años son el eje temático hasta quedar en la percepción de que las Farc eran el principal problema del país. Tanto, que a pesar de los cuatro años de Pastrana, los ocho años de gobierno uribista en el que, supuestamente, las guerrillas quedaron reducidas a una tercera parte, en los gobiernos de Santos se les volvió a colocar en la cima de la agenda.

De no avanzar en los temas clave, todo el esfuerzo de paz-seguridad, si es que el Acuerdo termina funcionando de manera aceptable, no servirá más que para agregar algunos nuevos jugadores con la misma cancha desbaratada y sin reglas de juego claras. Podría terminar siendo peor el remedio que la enfermedad, como se dice popularmente.

Es necesario identificar los cuellos de botella que nos asfixian, para actuar en ellos y no perderse en una maraña de problemas periféricos. En el país, durante largos años ha habido temas que funcionaron como distractores o que aun cuando tuvieran aparente solución, no terminaron impactando cambios importantes, que es hacer bien lo que no se debe.

Cuellos de botella que nos asfixian

Resultado de imagen para gridlockEn el mundo empresarial existe la teoría de las Restricciones, embudos o de Cuellos de Botella, que explica que los procesos, en cualquier área, se mueven a la velocidad del paso más lento. La solución consiste en balancear el proceso empujando el avance en este punto hasta el límite de su capacidad, para acelerar el proceso completo.

Hay dos fenómenos estructurales que son causa y motor de la gran mayoría de los graves problemas nacionales, son: 1. el régimen político -centralista y presidencialista-, y 2. la impunidad. El primero, genera buena parte de las dificultades para el funcionamiento de la sociedad por la concentración en la toma de decisiones públicas en un sólo individuo, con lo que se niega de plano la opción de la autonomía e inteligencia de las regiones para gestionar sus asuntos. Es inaceptable que regiones tan importantes como la Costa Caribe, Antioquia, el Valle, los Santanderes, los Llanos o Bogotá misma tengan que pedir permiso para todo al gobierno central, amarrado a los caprichos del gobernante de turno.

El otro tema estructural, la impunidad, funciona como peligroso y explosivo combustible. La impunidad alimenta todos los demás problemas: violencia, inseguridad, narcotráfico, corrupción, desigualdad, abuso de poder -público o privado-, violaciones de Derechos Humanos, educación, salud, violencia intrafamiliar, desorden en las vías, contrabandos, en fin.

El primero hace, per se, al presidente de la república la persona más clientelista, corrupta y corruptora, pues para llegar al poder tiene que valerse de esas habilidades y, luego de ser elegido, debe afinar esos “talentos”. La impunidad, sirve al régimen para meter mano en la justicia y aplicar el “mantra” de los dictadores latinoamericanos de los 60s y 70s que afirmaban sin pudor: “para mis amigos todo, para mis enemigos la ley”. No hay, ni ha habido nunca en este país independencia de poderes, equilibrio de poderes o lo que llaman los norteamericanos el “Check and balances”.

El centralismo se queda con todo

Eje central del sistema político caduco, inservible, burocrático y costoso es el centralismo. La idea centralista viene desde Antonio Nariño quien a través de sus artículos del periódico “La Bagatela” pretendía sustituir el gobierno. Una vez que los cundinamarqueses le escogieron como Presidente, promovió sus principios centralistas, enfrentó a la mayoría de las provincias de tendencia federalista, lo que desencadenó la primera guerra civil de la historia del país.

Nariño hace más de dos siglos, estaba convencido que “solo mediante la organización de un vigoroso poder central podría la Nueva Granada convertirse en un organismo político fuerte y eficaz, con capacidad no solo de contrarrestar las tendencias centrífugas que la geografía, las distancias y los recelos regionales favorecen, sino adelantar una guerra contra España.”[1]

Ese modelo centralizador cundinamarqués proyectado por Nariño quedó tan arraigado que inspiró y sigue inspirando a las posteriores generaciones para la expedición de las constituciones de 1832,1843, 1886, y el resto de constituciones de tipo centro federal,- exceptuando las de 1858 y 1863- con la idea de defender las fronteras y evitar la atomización nacional. Pensamiento que también sirvió de caldo de cultivo para enfrentar mediante las armas a quienes se les opusieran, por lo que en su historia tuvo ocho guerras civiles nacionales y más de 45 regionales; y, se expidieron 16 constituciones, pues cada gobernante llegaba con la idea de hacer una a su medida.

Va siendo hora de superar el centralismo en un territorio caracterizado por el aislamiento geográfico, que en dos siglos no ha sido capaz de interconectarse y construir la infraestructura necesaria para organizar y promover sectores hacia el interior y el exterior.

Hace pocos años estaba en Panamá impartiendo un taller de liderazgo, y en la conversación con un historiador local mencionó algo de cuando ese territorio era parte de Colombia. En una respuesta tratando de ser un poco simpático le dije -De lo que se perdieron! Me replicó: -Si aún fuéramos parte de Colombia, estaríamos como la cola del Chocó. Esta anécdota personal describe el abandono de buena parte del territorio por un sistema centralista, fiscalista e incompetente.

El Presidencialismo se alimenta de clientelismo y corrupción

La otra variable crítica del sistema político colombiano que nos ahoga es el presidencialismo. El sistema presidencial de gobierno no representa un ejercicio del poder de carácter democrático, sino más bien autocrático, absolutista. Según Bodino, el presidencialismo es una forma de gobierno “democrática-monárquica”, pues presidencialismo y monarquía limitan el ejercicio, los espacios y derechos democráticos de las sociedades.

El presidencialismo fue diseñado para disimular un poder omnímodo similar a una monarquía. Aunque no es igual tiene rasgos y tendencias en el ejercicio del poder que incluso las monarquías tradicionales pudieran envidiar. El sistema presidencialista es una forma de gobierno cuya figura y autoridad máxima es el presidente.

El presidencialismo es supuestamente democrático, en función de su integración por voto popular y la prédica de que la soberanía reside en el pueblo. El presidente es un elemento sine qua non con múltiples facultades y prerrogativas constitucionales y metajurídicas que le asignan un poder superior al de sus “pares” legisladores, ministros e incluso magistrados o jueces de altas cortes.

El presidencialismo surgió a finales del Siglo XVIII y comienzos del XIX, cuando los regímenes parlamentarios en Europa se fortalecían en oposición a la figura del monarca, en el lento proceso de transformación del Estado autocrático y del Absolutismo Monárquico a Estado democrático, y en Estados Unidos se construía una nueva institucionalidad que pretendía apartarse de los defectos de  la monarquía. Con fundamento la teoría de Montesquieu, al momento de la creación del régimen presidencialista, se decidió separar a las cámaras, lo que simbólicamente representó anular el poder del parlamento frente al monarca.

Montesquieu escribe su obra cuando el régimen monárquico se encontraba en evidente desventaja frente al crecimiento del Parlamento inglés y la consolidación de la forma de gobierno parlamentaria, por lo que reclamaba una nueva forma de gobierno que mantuviera, así fuera un poco, los privilegios de las élites favorecidas por la corona.

Los gobiernos presidenciales en Colombia y el resto de América Latina se definen entre representantes de las élites políticas y económicas o la aparición de aventurerismos populistas, de carácter mesiánico, que pretenden refundar las sociedades con discursos revanchistas prometen entregar al pueblo lo que las viejas élites nunca hicieron o hicieron a medias.

La personalización política ha remplazado buena parte las viejas estructuras partidocráticas que reciclaban y redistribuían el poder al interior de elites nacionales o el auge de elites regionales que sustituían a otras en el control de la cosa pública, como si fuera un botín pirata del que se lograban apoderar. En sociedades altamente personalistas e individualistas pelechan los discursos reivindicativos y los enfrentamientos contra las viejas élites agrarias e industriales, que llama Toffler de Primera y Segunda Olas. Entre tanto, las nuevas élites de poder transnacional, financiero, comunicacional, tecnológico, energético e incluso criminal se mueven a sus anchas.

Presidencialismo, personalismo, reelección, clientelismo, corrupción van de la mano, frente a instituciones cada vez más débiles y desacreditadas.

Es pues, el presidencialismo, un sistema de concentración perverso del poder que se lava la cara con un ropaje democrático por cuenta de elecciones, la mayoría de las veces manipuladas. Es necesario tener controles, disminuir el poder de los presidentes y establecer un equilibrio de poderes real, pues como afirma Robert Rothkop,  hay muchos escritos “sobre la distribución desigual de la riqueza en el planeta, pero pocos sobre la distribución desigual del poder”.

Impunidad: Un país sin justicia es inviable

El concepto de impunidad está asociado a la falta de castigo por la violación de los bienes jurídicos tutelados, es decir la lisa y llana falta de justicia. En la actualidad, incluso ha trascendido ese marco y se ha generalizado a la existencia misma del Estado de Derecho y la eficacia de los órganos jurisdiccionales.

Desde hace justamente un año el recién llegado Fiscal General de la Nación Néstor Humberto Martínez, afirmó  que la impunidad en el país es del 99%. De  3,5 millones de delitos en 2015 solo se produjeron 51.000 sentencias condenatorias, el 6 % de las noticias criminales efectivas que se registraron en la Fiscalía”, afirmó el jurista en la Casa de Nariño, cuando asumió su cargo. Además, los ciudadanos no creen en la justicia, pues apenas uno de cada cuatro casos es denunciado y, de los denunciados, apenas el 94% se sancionan.

El índice global de impunidad de 2015 ubica a Colombia en tercer lugar de impunidad, después de Filipinas y México. A ello se agrega que parece más fácil y rentable crear una organización criminal que una empresa formal, pues según el fiscal, la cultura del vandalismo organizado se ha extendido por todo el país, con 3.815 estructuras criminales identificadas hace un año.

Un informe de la revista Dinero registra que la impunidad le costó al país, entre 1991 y el 2010, alrededor de $189 billones, lo que equivale al 4% del PIB nacional.[i]

Por su parte, en relación sólo de uno de los problemas derivados de la impunidad, la corrupción, el contralor general de la República, Edgardo Maya, dice que el desangre puede llegar a $50 billones al año.[ii]

A ello hay que agregar que todo el aparato de justicia es ineficiente. No funcionan efectivamente los juzgados y tribunales, no operan las cárceles hacinadas y con sobrepoblación que más que duplican su capacidad, los organismos de investigación no investigan y más bien tienden a desincentivar que el ciudadano denuncie, las fuerzas de policía se desmoralizan cuando los presos son libreados “por falta de pruebas” y, claro, en río revuelto ganancia de pescadores, otros avivatos hacen de las denuncias un deporte nacional.

¿Para qué sirve todo el aparato de justicia que en 2016 le costó al país ocho billones de pesos, el 3,8% del presupuesto y casi un punto porcentual del PIB?. Todo el sistema está integrado por 16 sectores, en el que el Inpec costó un billón de pesos, Servicios Penitenciarios y Carcelarios casi 800 mil millones, la superintendencia de Notariado casi 900 mil millones, la Procuraduría 547 mil millones, la Contraloría medio billón de pesos, el Consejo de Gobierno Judicial 484.000 millones, la Defensoría 491.000 millones y entre el Consejo de Estado, la Corte Constitucional y la Corte Suprema y el Ministerio de Justicia nos costaron a los colombianos 376.000 millones.

Ni hablar de los costos del sector defensa que, más que defendernos de supuestos y fantasmagóricas amenazas externas se dedican a perseguir guerrilleros y bandas, mientras la policía se ocupa de perseguir el narcotráfico. Y agregue las múltiples violaciones al sistema electoral, con unas autoridades que no sancionan siquiera la superación de topes de financiación de candidatos y partidos ni la entrada ilegal de dineros del exterior.

La impunidad es pues de un tema dramático. El país sigue como si nada frente al hecho de que las autoridades reconocen sin sonrojarse que hay una impunidad total. Está demostrado que si usted sabe que al violar una norma le pueden sancionar, ese hecho funciona en más de un noventa por ciento como disuasor. ¿Qué ocurre entonces en una sociedad donde hay la certeza de que lo más probable es que no le pase nada?, pues funciona a la inversa, como un incentivo a violar las reglas. De hecho, quien sigue las reglas es visto por la gente como un completo tonto. Álvaro Gómez insistía en que un país sin justicia no es viable.

La impunidad y sus secuelas encarecen los costos de las transacciones, aumenta los enormes costos en vidas humanas, lesiones, abusos de poder, daños a la moral social y al espíritu de convivencia, pues frente a cada hecho, el ciudadano inerme no tiene más que aguantarse con estoicismo o reaccionar y buscar justicia por mano propia.

El problema de la impunidad debería ser tema central de la campaña presidencial, aunque paradójicamente se rumora que algún candidato amenaza a autoridades regionales y locales con causas judiciales si no le apoyan en su aspiración presidencial.

Entonces, es necesario abordar y debatir en todos los sectores, buscar e identificar estrategias que permitan poner en la agenda el sistema político caduco y corrupto y, la impunidad, y adelantar acciones que permitan afrontarlos y solucionarlos. Hay muchos casos exitosos en el mundo que pueden explorarse y aprenderse para romper esos dos cuellos de botella y poner al país en la senda del mejoramiento para todos.

Guasca, Julio 31 de 2017

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*Escritor, entrenador en liderazgo, analista político

www.javierloaiza.net

@javierloaiza

[1] Nariño, Antonio, “Noticias muy gordas”, La Bagatela, número 11, septiembre -13-1811.

[i] http://www.dinero.com/pais/articulo/corrupcion-cuesta-colombia-mas-us800-millones/189367

 

[ii] http://www.elpais.com.co/colombia/cada-ano-la-corrupcion-les-roba-50-billones-a-los-nos.html

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Cuál de los aspectos mencionados en el ensayo considera que hace más daño al país

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4s comentarios

  1. Despues de leer lo anterior
    Mi querido y respetado javier
    Estoy pensando en el sombrio futuro de nostros hijos y nietos
    O para romper este circulo debemos pasar por periodo chavista/madurista
    ??

  2. Sin lugar a dudas es un análisis de la realidad que viven todos los Estados latinoamericanos; Sin embargo considero que el enfoque no comprende el elemento fundamental que produce estos cuellos, el hombre, todos los estudios y análisis, y en todos los tiempos siempre tiene como factores: al sistema, el centralismo, las instituciones, etc, factores que sin duda son importantes, pero el más importante es el hombre como factor generador y causante de estos nudos; sino veamos un ejemplo de lo que pasa en el Perú donde se ha implementado un proceso de regionalizacion, y lo mejor que ha producido, hablando sarcasticamente, es corruptos y delincuentes de cuello blanco que han querido cargar la cosa pública, y la mayoría de los Presidentes Regionales se encuentran procesados y otros presos, peor aún, los Jefes de Estado en Latinoamérica procesados y presos por corruptos, eso por la falta de principios éticos y morales del hombre.

    1. Gracias Wilder por tu aporte y la importante reflexión que haces. En Colombia ocurrió igual con el proceso de descentralización, que al final terminó descentralizando la corrupción, pues ya no se quedó sólo en el gobierno central. Precisamente, el ensayo propone revisar cómo algunas instituciones como el centralismo y la impunidad crean y alimentan fenómenos como el que describes. Quizá el problema no es la descentralización. Si ves la mayoría de países ricos son federales o descentralizados y en los que el cumplimiento de las normas es un estandar, no como entre nosotros donde parece ser que la idea es cómo violar las reglas.

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